¡No quiero ser líder! ¿Qué hay de malo en ello? (por César Landaeta)

Desde que se puso de moda el tema del liderazgo, la lista de quienes anhelan ser generales en el ejército, almirantes en la Armada, o cuando menos jefes de tropa en los Scouts, ha aumentado considerablemente.

Los gurús de la motivación y la eficiencia personal han forrado el saco propagando la idea de que si no ansías ser el líder del grupo en que te mueves socialmente, tienes un grave defecto de personalidad que ―por supuesto― ellos pueden ayudarte a superar.

Sus técnicas de aprendizaje, sin embargo, casi siempre escurren el bulto a la hora  de darte una explicación clara y concisa acerca de las exigencias terribles que implica ocupar la más alta posición en la conducción de la manada, así como del volumen de estrés que te pondrá la cabeza tan hinchada como un globo aerostático.

Un empleado bancario con quien entablé una cierta amistad gracias a la frecuencia con que visitaba yo la sucursal en la cual él se desempeñaba, inspiró la esencia de este artículo destinado a clarificar consciencias.

Caminando por un centro comercial me lo topé jugueteando con una de sus hijas, mientras la otra ―ayudada por su madre―, se probaba un vestido en la tienda.

Charlamos un rato de esto y aquello, cuando el tema derivó hacia su perenne actitud de serenidad. Refiriéndome a la observación que tenía de su comportamiento, quise indagar el por qué el hombre siempre lucía en control, actuaba de forma educada, se notaba rebosante de salud y ahora me lo encontraba en pleno «recreo» sabatino con su familia.

―Pues nada ―contestó sonriendo―. Estoy contento con lo que soy y me agrada lo que hago. Varios de mis jefes en cambio,  han luchado a brazo partido por escalar posiciones. En su mayoría son personas más jóvenes que yo pero sufren de hipertensión, migrañas, estrés, mal carácter, úlceras y muchos otros síntomas de que no están sanos. Mis compañeros me han sugerido que siga el mismo camino. Yo acostumbro defenderme alegando que no quiero ser un líder enfermo y que prefiero vivir a ser vivido; no tengo prejuicios en acatar órdenes, soy un buen profesional, gano el dinero que necesito para sostener mi hogar y limito las aspiraciones a uno que otro lujo de vez en cuando. ¿Qué hay de malo en ello?

Luego de la despedida, quedé pensando en aquel individuo que destilaba satisfacción sin urgencias ni presiones para que tomara decisiones influyentes en el rumbo de la humanidad.

―Obedece sin sentirse esclavo ―pensé complacido―. No cae sobre sus espaldas el peso de una organización; está sano física y mentalmente; no aspira a comandar el pelotón ni a figurar en el tope de algún monumento al jefe supremo. En definitiva, es más eficiente que muchos de quienes han aprobado con honores el curso más actualizado de liderazgo y manda a la porra a quienes le instan a salir de su «zona de confort».

¿Quién tendrá la razón, entonces, los coaches instigadores de la más alta competencia o los calmados y risueños seguidores que pasean con su gente en los momentos de descanso? Creo que escribiré un artículo para contrastar con mis lectores los beneficios de ser un empleado responsable en oposición a los que obtiene un supremo conductor de masas.

¿Conformidad o sagacidad para elegir el tipo de vida?

Cada cual saque sus conclusiones.

César Landaeta

 

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