Llevarte la casa al trabajo, ¿por qué no? (por Cesar Landaeta)

Una mujer me decía compungida en la consulta:

―Es que ya casi ni lo veo (refiriéndose a su marido). Llega tarde de la oficina, viene malhumorado, apenas saluda a los niños, cena y se mete en el despacho a seguir trabajando. Temo que uno de estos días no regrese o que le dé un colapso por la calle.

El caso de aquel individuo que bien podía incluirse en la categoría anglosajona del workholic (para los malpensados: ¡No tenía una amante secreta!), me llevó a pensar en tantos que como él son incapaces de separar lo que es el hogar ―para el que supuestamente se desloman trabajando― del ambiente profesional.

La contraparte es un profesor de mi postgrado, al cual hice mención en otro escrito.

El sabio que dictaba conferencias por el mundo entero y era considerado una gran autoridad en la genética, tenía en su mente al hogar donde un padre benéfico le enseñó el arte de la ebanistería no comercial.

―Donde quiera que usted me vea disertando o investigando con mis compañeros en el laboratorio, sepa que por dentro hay un niño que pinta sillas en su pequeño taller de Wisconsin― nos respondió al preguntarle sobre el secreto de su permanente buen humor y su vitalidad (rondaba los 80 años de edad).

Internalicé su lección de vida y la probé en mí mismo, antes de recomendarla a mis pacientes. ¡El resultado ha sido magnífico!

Claro, que para lograr el deseable intercambio de escenarios es preciso que te esmeres en construir un «tallercito individual», donde puedas sentirte a salvo de presiones externas y demandas agobiantes.

Te doy un par de claves:
1. Rescata de tu pasado los momentos más placenteros. No traslades a tu nueva familia los problemas que pudiese haber en la de tu niñez. Revive con tu pareja una adolescencia ingenua en la cual te reías de tonterías y compartías cualquier cosa divertida con tus amigos.
2. Convierte los conflictos en motivos para aprender y resuelve las discusiones cotidianas, buscando acuerdos antes que victorias. Como dicen los abogados: «Es mejor un mal arreglo que un buen pleito». Llena tu espacio privado de sitios para la recreación. Pon música agradable, baila, cocina lo que te guste, descansa con placer y disfruta de lo que es genuinamente tuyo.

Si mantienes el sentimiento de que llevas una casa amable en tu corazón, siempre querrás volver a ella en la realidad.
Así, en lugar de regresar cada noche a tu hogar con una cara de «persona ocupada a la
que no se le debe molestar», más bien irías a la oficina cada mañana como «ese ser que
siempre parece estarse meciendo en una hamaca frente a la playa».

De allí a estar completamente sano y feliz, no hay mayor distancia.

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