4 creencias que te complican la vida. ¡Desmóntalas!

Muchos de los pacientes que han acudido a mi consulta vienen literalmente cegados por aprendizajes absurdos e inútiles que en nada contribuyen a su bienestar.

Y no es que sufran por traumas o conflictos neuróticos de alguna gravedad. Se trata de simples tonterías que pueden desmontarse mediante un análisis racional. Sin embargo, dado que están profundamente arraigadas en su repertorio actitudinal, las aceptan como parte del comportamiento habitual y por eso, uno les escucha decir con resignación: «Es que soy así y no puedo cambiar».

Aun cuando existen tantos esquemas de esta clase como individuos pueblan la tierra, solamente me voy a referir a cuatro de los que te pueden causar más problemas.

Veamos:

1. Si no es difícil, no vale la pena.

Este lema, elaborado tal vez por los picapedreros del medioevo, ignora los avances de la moderna tecnología y sigue insistiendo en que si no tienes callos en las manos no has trabajado nunca. Mi experiencia es que nada es difícil para quien conoce el método de hacer las cosas.

Puedes estar seguro de que me verás sudando la gota gorda y suplicando por ayuda, tanto si me pides programar una computadora como si quieres que teja una alpargata. ¡Ah!, pero muy distinto sería si yo hubiera estudiado bien la forma de hacer cualquiera de las dos cosas y supiera cómo escribir los códigos de la máquina o meter hilo y aguja con destreza en un tejido de esparto.

Tener interés y aprender el proceso, es lo que hace la diferencia entre fácil y difícil.

Así que, mejor abandona esa idea entorpecedora y suscribe otra consigna más útil:

                Las cosas se dividen en fáciles o equivocadas.

A mí me va bien con ella.

 

2. Es malo ser ambicioso.

Desde luego que una ambición desproporcionada como la atribuida al Rey Midas en la leyenda aquella, no es nada recomendable. Pero, ¿quién ha dicho que se logra algo meritorio sin un ápice de ambición?

¡Quita esa estupidez de tu cabeza! En lo absoluto es perjudicial que te plantees metas grandes y quieras alcanzarlas. Si las logras, ¡qué maravilla! y si no, pues te queda la satisfacción de haberlo intentado.

Ya verás qué hacer con la frustración, que tampoco es que sea imposible de superar.

 

3. No debes ser egoísta.

¡Ja!… como si la totalidad de la gente no lo fuera. ¿O crees acaso que hasta los más excelsos y alabados altruistas no han incluido una dosis de narcisismo en sus acciones?

Cuidar tu salud, buscar tu bienestar y el de la gente que amas, defender tus causas personales y procurar el mejoramiento de tus beneficios, ¿acaso no implica ponerte delante de otros interesados en lo mismo?

Si renuncias a competir con ellos y evitas defender sanamente tu puesto en la vida, ¿te haces algún bien?

¡Nada de eso!

De modo que, mientras no atropelles a la gente ni hagas daño a nadie, sé un egoísta y disfruta tu vida como sientas que debes hacerlo.

 

4. Si no perdonas, el malo eres tú.

Ya perdí la cuenta de las veces que he hablado o escrito en contra del perdón mal entendido. ¡Sí!, mal entendido porque la prédica a favor de perdonar a diestra y siniestra te induce a creer que lo contrario es apelar a la venganza y el rencor.

Sin duda, andar por ahí con una espada asesina o rumiando constantemente la rabia que te ha causado un malhechor no es lo más recomendable. Pero negar que alguien te ha lesionado y ponerte a repartir perdones como si fueras el «Santo Cachón» solo resultará en una represión emocional que te va a enfermar.

La regla de oro es: Cero odios y venganzas; pero tú, muy lejos de quien te agrede. Ya tendrás la capacidad para aceptarlo de nuevo si es que cambia o asestarle una patada en el trasero si insiste en su impertinencia.

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